No es común andar por la vida sin sentirnos un poco raros respecto al sexo. La mayoría de nosotros cree, en el fondo de nuestros corazones, que somos diferentes a los demás.

A pesar de ser una de las actividades más privadas, el sexo está, sin duda, rodeado de una serie de ideas poderosamente sancionadas por la sociedad que codifican lo que muchas personas deberían sentir al respecto. Sin embargo, ninguno de nosotros está ni remotamente cerca de ser sexualmente normal. Casi todos nos sentimos acechados por la culpa y la neurosis, por fobias y deseos perturbadores, por indiferencia o disgusto. Somos universalmente anormales, pero solo si nos comparamos con ideales de normalidad que están altamente distorsionados.

La mayoría de nuestro lado sexual es imposible de comunicar a cualquier persona que queramos que piense bien de nosotros. Hombres y mujeres enamorados, de forma instintiva, se cohíben de compartir más de una fracción de sus deseos debido al miedo, muchas veces acertado, a generar sensaciones de disgusto en nuestros compañeros.

Nada es erótico sin ser también, para la persona equivocada, repugnante, que es precisamente lo que hace a los momentos eróticos tan intensos: En el preciso momento en el que el disgusto podría llegar en proporciones enormes, sentimos que nuestros deseos son bienvenidos. Piensa en dos lenguas al explorar el espacio profundamente privado de la boca; esa cavidad oscura y húmeda que usualmente solo nuestro dentista observa. La naturaleza privilegiada de la unión entre dos personas se sella en un acto que, de ser con alguien más, los aterrorizaría a ambos.

Lo que sucede entre una pareja en el dormitorio es un acto de reconciliación mutua entre dos personalidades secretas sexuales que emergen de la soledad pecaminosa. Sus conductas no están en armonía con la conducta que el mundo civilizado espera de ellos. Por último, en la semi-oscuridad una pareja puede confesar esas cosas maravillosas y enloquecidas que tener un cuerpo les hace desear.

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