Después de haber pasado 40 años mostrando mi sonrisa resplandeciente, me he dado cuenta de que ahora quiero dejar de hacerlo. O, al menos, busco hacerlo con menor frecuencia.

Las sonrisas no son gestos pequeños e inofensivos: Muchos de nosotros sonreímos en lugar de demostrar lo que pensamos realmente. De hecho, el éxito del movimiento feminista podría medirse por la sinceridad (o falta de sinceridad) en nuestras sonrisas. A pesar de todo el trabajo que las mujeres norteamericanas han hecho para conseguir y mantener el control legal completo de nuestros cuerpos, eso sin mencionar nuestros destinos, aún no parecemos estar completamente a cargo de los pequeños grupos de músculos que componen nuestros rostros.

Sonreímos con tanta frecuencia y promiscuidad; cuando estamos molestas, cuando estamos tensas, cuando estamos con niños, cuando nos toman una foto, cuando estamos en una entrevista de trabajo, cuando conocemos a los candidatos para entrevistar… que la Mujer Sonriente se ha convertido en un arquetipo de la mujer norteamericana. Esto no es del todo negativo, por supuesto. Las sonrisas iluminan, diluyen los ambientes pesados, redistribuyen las tensiones nerviosas. Las mujeres médico sonríen más que sus colegas masculinos, según estudios, y les parecen más agradables a sus pacientes.

Sin duda, nuestros instintos son otro factor. Nuestras sonrisas provienen de los saludos de los monos, que empujan sus labios hacia arriba y hacia atrás para demostrar que temen un ataque y que se rehúsan a competir por una posición dominante. Y, al igual que esos diablillos que encontramos hurgando en la basura, nosotros, también, sonreímos un montón cuando cometemos errores. Nuestras sonrisas no protegen porque nos ayudan a demostrar que no somos una amenaza.

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